sábado, 18 de septiembre de 2010

Volvió Reinaldo Arenas a La Habana.

Durante muchos años de silencio y en el mismo lugar donde fue prohibido y marginado, ahora vuelve Reinaldo Arenas.

Palabras de la presentación del libro.

Cópula con Reinaldo Arenas.

Por: Carlos Velazco.

Reinaldo Arenas ha regresado. Pero varios de mis amigos que sí lo conocieron no creen todavía cierta la publicación del libro de Tomasito. "¿Pero cómo? Mentira", preguntan afirmando. Y uno que sí, que ha visto el ejemplar, y que no, no lo van a hacer pulpa; se hará una presentación y todo en la UNEAC, el mismo sitio del que un día marginaron a Reinaldo.

He escrito en otra parte que Oneida Fuentes, la madre de Reinaldo, decía que después de muerto todo se perdona. Pero no es del todo así, al menos no tan pronto. No se le perdonan fácilmente muchas cosas a Reinaldo Arenas: su militancia política, su abierta homosexualidad, sus injurias, por ejemplo; pero sobre todo, cuesta perdonarle su enorme talento, su entrega sacerdotal a la literatura y su éxito.

No es muy fácil para otro autor de la Isla digerir que aquel hombre sin cátedra alguna, para colmo separado de la Escuela de Letras, que escribía salvajemente, con errores ortográficos en sus primeras novelas, escasamente pulido siempre, sea uno de los más grandes escritores cubanos de todos los tiempos.

La anécdota más triste sobre él me la contó su tía Onelia, interrumpiéndola constantemente con el adjetivo "pobrecito". Desde muy pequeño, Reinaldo quiso escribir, y lo hacía donde podía: cartones, pedazos de papeles usados, rotos, todos de distintos tamaños y texturas, que se fueron acumulando. Entonces, los atravesaba en el extremo por un alambre y los unía, con la ilusión de tener un libro. Su libro. También el alambre le cortaba a veces las manos.

Y esto era un augurio. Las materias que Reinaldo conjuraba y que hacen innumerable su literatura surgen de la vida, de vivir hasta las últimas consecuencias. Al seguir auténticamente el camino de la autodestrucción: la promiscuidad sexual, la cárcel, el exilio, el sida, el suicidio, alcanza su triunfo, o como también le diría: su "venganza". Trasciende las coyunturas, la retórica de las contradicciones Isla-Exilio, al situarse en las antípodas de toda hegemonía, sistema político, normativa sexual o prejuicio por el que las personas rigen su comportamiento. Es la total libertad de quien no reconoce límites, al punto de hablar y escribir como no se debe. "Si se es honesto cuando se escribe -afirmaba-, ese mundo, ese medio en el cual nos desarrollamos y surgimos, quedará, indudablemente, expresado en la obra, con todas sus violencias, ternuras, defectos y bestialidades."

¿Cómo hacer entonces, Reinaldo, para que Tomás Fernández Robaina pueda dejarte hablar, decir lo que piensas, sin interrumpirte o censurarte?, porque la verdad es que en algunos de tus libros no te ayudas, ni ayudas a los demás a que hablen de ti.  Preparar la misa, para dar fe y gracias por "todo el escándalo que ha dejado". Desde que Eliseo Diego descubriera su talento en bruto gracias al cuento "Los zapatos vacíos", y Reinaldo pasara del INRA a la sala circulante de la Biblioteca Nacional, donde más bien su trabajo era leer. Ya Tomasito lo había conocido de vista en Holguín, en la Escuela de Contadores Agrícolas, que Reinaldo llegó a terminar, pero de la que Tomasito sería expulsado antes. Otra constante en la vida de ambos: las expulsiones.

Para Reinaldo, una flor es un órgano sexual, y esto es motivo suficiente de belleza. A muchos deslumbró la aparición de Celestino antes del alba, el punto de vista inusual desde el desconcierto del niño, pero aquella relación con el entorno y la familia, hostil, incluía los componentes de la crueldad y la violencia. Ya estaban fijados los presupuestos de una obra, y quedaba por delante iluminar las distintas zonas de ese universo definido en sus contornos. Uno de los integrantes del jurado que en 1966 concedió la mención por unanimidad a Arenas y declaró desierto el premio de novela de la UNEAC, el español Juan García Hortelano, dedicó el más contradictorio de los señalamientos al manuscrito de El mundo alucinante: "Luce que el autor escribe rápido, lee rápido y no filtra nada, ya que en la novela se encuentran influencias diversas: Robbe-Grillet, Joyce, Virginia Woolf." Aquí debería hacer una ironía.

En Misa para un ángel encontramos también las voces de Clara Morera, la de alguien que padeció la UMAP, la de una cartomántica, la de Aurelio Cortés, a partir del material recogido por su autor en entrevistas. El jardín del bien y el mal, con las delicias que a cada uno corresponde: Reinaldo y Tomasito vuelven a nadar en el transparente mar de La Concha, a pasear por las calles donde fueron jóvenes, a frecuentar las zonas de "libre comercio" de la jungla gay habanera, buscar esos cuerpos deseosos de ofrecerse y responder a los gestos promisorios de otro hombre tocándose su prominente bulto.

Asegura Tomasito que debía ya escribir de Reinaldo, por sus continuas apariciones en sueños. Por ende, eran unos sueños muy raros. Ha preferido literaturizar su testimonio de una realidad ya de por sí literaria. Porque, ¿no es azarosa la vida de Reinado Arenas como la de cualquiera de sus protagonistas? "Él exagera", se comenta frecuentemente. Se habla de Reinaldo, y algunos sienten una imperiosa necesidad de tomar posición, establecer límites, aclarar. Pero, ¿no podrían leerse como ficción también pasajes de Yo, Publio, en los que Raúl Martínez recordaba el temor con el que tomaba café en la parada del Coppelia, mirando a un lado u otro para huir si algo pasaba, rezando para que llegara la guagua lo más rápido posible, o cuando relata que había en los cines gente con la misión de sentarse cerca de ellos, provocarlos, y llevar a la estación de policía a todo aquel que respondiera.

Los sueños raros de Tomasito son manifestación de una característica común a todos los de su generación que compartieron el mismo ambiente de Reinaldo Arenas, se trata de seres inadaptados, frágiles, marcados por una experiencia traumática con la Historia, que fracasan al atreverse a ser ellos mismos en su búsqueda desenfrenada del placer. Una especie en extinción que escapa a la lógica. Para ellos, Reinaldo consiguió que pasaran a formar parte de la historia literaria. El resultado es que todos creen de antemano conocer a Delfín Prats, a Tomasito, a Ingrid González y a un largo etcétera.

Han pasado veinte años desde la muerte de Reinaldo Arenas. Entonces hay quien pudo pensar y hasta decir: "Ya todo ha concluido". Pero su obra, desechada o escasamente atendida en su país, nunca ha dejado de ser piedra angular de la literatura cubana. En cuanto al tiempo perdido hasta hoy, podemos aplicar al pasado el consejo de uno de los personajes de Vassili Groosman: "De nada vale llorar por lo que es inevitable". Aunque Tomasito prefiere decir: "Lo hecho, hecho está".

La copulación total con Reinaldo Arenas se alcanza solo con la lectura de sus libros. Innumerables son las variantes para que dos personas consumen el acto sexual, pero no por ello el rito deja de ser antiquísimo. Podemos suponer, que leer Misa para un ángel, de Tomás Fernández Robaina, equivale  a desnudarnos.

(Tomás Fernández Robaina: Misa para un ángel, Ediciones Unión, La Habana, 2010, 114 p.)

VIERNES 17 DE SEPTIEMBRE 2010.

SALA VILLENA UNEAC.