martes, 1 de junio de 2010

Del blog de Miriam Celaya.

A mí no me crean, pero dicen…

Blog: Sin Evasión.

La impaciencia y el desgaste por las presiones que se imponen en la vida cotidiana del cubano comienzan a reflejarse ya en las más disímiles formas. Algunas de estas formas traen implícitas connotaciones que rayan con la sedición –o son, en efecto actitudes sediciosas “de baja magnitud” –; otras tienen ribetes casi humorísticos. Como la prensa oficial no publica jamás ningún elemento que pueda transparentar los conflictos al interior de la Isla de la Utopía, todas estas situaciones y rumores tienen el denominador común de convertirse en “noticias” que se transmiten oralmente, muchas veces adornadas, enriquecidas o hiperbolizadas por quienes las transmiten, quienes pocas veces son testigos presenciales de los hechos… como es mi caso.

 Sin embargo, tan primitivo sistema noticioso ha demostrado poseer dos rasgos característicos fundamentales: 1) Eficacia en difundir con celeridad los acontecimientos y 2) La naturaleza esencialmente veraz de lo narrado. Rasgos éstos que lo colocan en la preferencia del cubano de a pie, por encima del encartonado e irrespetuoso periódico Granma y del sensiblero Juventud Rebelde. Algunas de las noticias que nos llegan casi a diario por esta vía se pueden confirmar, en tanto otras quedan en lo anecdótico; pero en todos los casos, la expectación que transmiten y el interés con que se reciben evidencian la creciente tensión social y una suerte de compás de espera. Ahora no se trata de que la gente aguarde a “que pase algo”, sino que realmente “están pasando cosas”, y eso acicatea el interés y la esperanza. La inconformidad con el estado de cosas y la frustración largamente contenida parecen estar cediendo paso a pequeñas, pero sostenidas acciones concretas.

Para recapitular esto, pueden servir unos pocos ejemplos de los últimos días, como la rebelión pacífica de los estibadores en los muelles de La Habana que –se dice– se negaron a cargar un barco con arroz destinado a Haití aduciendo la escasez de ese cereal para los propios cubanos. Sobre este rumor hay varias versiones: que en realidad los portuarios están en una especie de huelga de brazos caídos porque no se les está pagando lo que les corresponde, que “no hay dinero” para los pagos a los portuarios y se les pide que trabajen a fuerza de conciencia revolucionaria –a lo que éstos se niegan–, y otras variaciones por el mismo estilo. La realidad que subyace es que hay descontento y enfrentamiento entre los estibadores del puerto de La Habana y las autoridades, así como una súbita carestía del arroz en los últimos meses, que hasta hace poco se podía adquirir en numerosos mercados al precio de 3.50 pesos cubanos corrientes por libra y en la actualidad solo se puede encontrar, con dificultad, en el mercado subterráneo  a precios que fluctúan entre los 10 y los 14 pesos por libra. Los precios en el campo son ligeramente menores, pero en la actualidad hay serios aprietos para encontrar ese arroz que completa la insuficiencia de los “subsidios” de la cartilla de racionamiento. Es sabido que el gran consumo de arroz en la mayoría de las familias cubanas responde a la deficiencia alimentaria general: a falta de proteína animal y de vegetales que eleven el nivel nutricional, la opción es, entonces, consumir mayores cantidades de arroz con frijoles y alguna vianda acompañante, la dieta más socorrida de las mesas pobres en Cuba, es decir, de la mayor parte de las mesas cubanas.

 Otra información, que podría resultar jocosa si no fuera por la gravedad del problema que refleja, es la golpiza que una abuela furibunda propinara a una maestrita emergente en pleno matutino escolar de una primaria de Centro Habana, debido a que ésta había pegado a su nieto con una tabla. Se dice que la iracunda abuela se personó llevando al niño de la mano y allí, ante los ojos atónitos de maestros y alumnos, la emprendió también con una tabla contra la atrevida. Cuentan que, no contenta con esto, la abuela se dirigió a levantar una acusación contra la “maestra” por maltrato físico a menores. Este es uno de los muchos dramas que se han producido desde que se implementara el sistema de maestros emergentes, en virtud del cual, después de un par de cursillos acelerados de “Pedagogía”, se colocaba a cualquier chiquillo semi-analfabeto, disfuncional  y a veces marginal, al frente de un aula.

Sin embargo, la información más elocuente es la que refiere el grupo de jóvenes que a plena luz del día desplegaron ciertos carteles prohibidos en la escalinata del Capitolio. Los textos eran alegóricos a Pedro Luis Boytel, cuya muerte en prisión ocurrida décadas atrás fue convenientemente silenciada por este gobierno; a Orlando Zapata Tamayo, detonante de la actual crisis política que ha obligado al gobierno a dialogar con la alta jerarquía católica de la Isla a fin de buscar una salida negociada al conflicto de los presos políticos, de las Damas de Blanco y  de Guillermo Fariñas; entre otros. Los carteles fueron exhibidos abiertamente ante la mirada de cientos de turistas y transeúntes cubanos, Fue coreada también, durante el acto, la palabra maldita: “¡Libertad, libertad, libertad!”, tanto por los manifestantes como por una buena parte de los presentes. Que dicha acción fuera posible en un escenario donde pululan los policías con sus perros y las patrullas de uniformados y a solo unos metros del tribunal provincial que tantas sanciones ha impuesto a protestones tan atrevidos como éstos jóvenes, es sorprendente, salvo que haya orientaciones superiores expresas de no reprimir. El “pueblo indignado” no se presentó tampoco. Este año las autoridades han sido suficientemente criticadas en todo el mundo por el irrespeto a los derechos humanos en Cuba: hay que lavarse un poco la cara para enmascarar la mugre.

De todas maneras, por si acaso, yo suelo aguzar los cinco sentidos cada vez que alguien cerca de mí, con tono de complicidad, pronuncia la manida pero efectiva frase: “A mí no me creas, pero dicen…”. Siempre trae detrás alguna bola interesante.