domingo, 1 de agosto de 2010

Silencio y Homofobia en Cuba, dos males de nuestro tiempo.

Por: Alberto Roque Guerra.

En la foto Mariela Castro.

La sexualidad es parte de la personalidad de cada ser humano y se construye mediante complejos procesos que operan a nivel consciente e inconscientemente en la medida en que nos desarrollamos como personas. De forma ideal, dicha construcción debiera interactuar con otros aspectos de forma armónica y enriquecedora del desarrollo de la personalidad. La diversidad es el denominador común en su expresión, independientemente de los preceptos morales, culturales y religiosos de cada sociedad. Sin embargo, desde edades muy tempranas, las expresiones de la sexualidad humana se convierten en rehén de los mencionados preceptos; cada ser humano tendrá que ajustarse a una normativa rígida enmarcada en lo que hemos identificado como género. Nuestras identidades sexuales y el significado de nuestros cuerpos sólo tienen cabida en las normas heterosexistas (heteronormatividad), basadas en relaciones de poder, donde lo masculino heterosexual dispone y manda, y predetermina una dicotomía entre lo masculino y lo femenino. El resto de las diversas expresiones han sido negadas,  estigmatizadas, violentadas, cercenadas y excluidas predominantemente a lo largo de la historia de la humanidad. Muchas,  incluyendo a la sexualidad femenina heterosexual,  se han visto obligadas a la expresión silenciosa, al confinamiento de lo privado.

Recluir las expresiones de la sexualidad al espacio privado es un acto cruel que limita la libertad plena de las personas. Es una violación y una negación al disfrute pleno de los derechos sexuales que todo ser humano tiene desde el momento de su nacimiento. Es igualmente grave la negación o la disimulación de la discriminación basada en la orientación sexual o la identidad de género de las personas.

El silencio es un arma contra toda expresión “diferente” a las normas socialmente impuestas, es en esencia discriminatorio y excluyente. Resulta llamativo y nada nuevo cómo se combinan en nuestra sociedad cubana contemporánea la homofobia y el silencio. Semejante asociación representa también un peligro equiparable a la homofobia basada en la agresión física o verbal.

Coincido con muchas personas en que hemos transitado favorablemente por un largo proceso de asimilación de las nuevas interpretaciones de las ciencias referentes a la sexualidad. Dentro los dinámicos y radicales cambios que se produjeron en las primeras décadas de la Revolución cubana se reconocieron los derechos plenos de las mujeres y se cuestionaron las bases de poder patriarcal en su relación con las mujeres cubanas heterosexuales. Sin embargo, el machismo, sinónimo de poder patriarcal, no se ha erosionado lo suficiente; sus fundamentos siguen intactos. Las y los defensores de su poder se atribuyeron el derecho supremo a aplicar y a apoyar políticas discriminatorias hacia las personas homosexuales durante las primeras tres décadas de la Revolución cubana.

Afortunadamente, esta contradicción con el sentido humanista y de igualdad de la Revolución, ha sido superada en gran medida en la actualidad. Ejemplos de ello es la despenalización de la homosexualidad desde 1997, la inclusión del trabajo con mujeres lesbianas y bisexuales en la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y los avances innegables en la atención integral a las personas transexuales, por mencionar sólo algunos.

La educación sexual en Cuba ha contribuido a lo que denomino erosión del poder patriarcal. En la actualidad, el Programa Nacional de Educación Sexual incluye un enfoque de género, que desarticula el enfoque binario (masculino y femenino) imperante en nuestra sociedad, además de incluir los temas relacionados con la diversidad sexual. Sin embargo, los prejuicios no  superados de los decisores en el área de la educación cubana limitan su aplicación  de forma transversal en todos los niveles de enseñanza.

La Campaña por el Respeto a la Libre y Responsable Orientación Sexual ha desencadenado un incipiente debate sin precedentes en la historia de la Nación.  Entre las opiniones contrarias más destacables tenemos la que denuncia “una homosexualización de la sociedad cubana que condiciona la conducta homosexual en los niños”. La obnubilación mental que produce los prejuicios homofóbicos no les permite apreciar que la mencionada campaña sólo persigue educar en el respeto y la igualdad entre los seres humanos. Su esencia incluye la validez de todas las expresiones sexuales, incluyendo la heterosexual y las expresiones transgéneros. Sus objetivos apelan al pleno reconocimiento de la igualdad y la no discriminación como principios fundamentales de los derechos humanos.

En un medio de prensa digital cubano leí un artículo titulado “Homofobia no, respeto” donde su autor, Jesús Mena Aragón, apela al silencio de la homosexualidad como expresión de respeto y minimiza, en un tono casi pueril, los efectos de la homofobia en Cuba. El autor no parece advertir, desde su limitada visión, que las personas homosexuales  y transgéneros en Cuba estamos en “desventaja social” en relación al resto de la población cubana. El texto entre comillas no es mío, lo sugirió un oficial de la Policía Nacional Revolucionaria en una pregunta que me realizara durante una actividad de capacitación. Me limitaré solamente a expresar en este texto algunas de los desafíos sociales que enfrentamos:

 •         Las parejas del mismo sexo no tenemos reconocimiento legal, por lo que se limita los derechos patrimoniales de uniones amorosas legítimas y el derecho a la adopción bajo argumentos no demostrados por evidencias científicas y sí legitimados por los prejuicios.

•         Imposibilidad de contraer matrimonio, construcción en mi opinión heterosexista y de demostrados orígenes religiosos, pero importante para muchas personas homosexuales y transgéneros.

•         Imposibilidad de mostrar afectos en público, aun cuando no está penalizado por la Ley.

•         Imposibilidad de las parejas lesbianas de tener acceso a las técnicas de reproducción asistida.

•         Limitación para ocupar altas responsabilidades políticas y sociales. Salvo honrosas excepciones, y de no estar explicitado en ningún reglamento o Ley, en la práctica se aplica con impunidad.

•         Imposibilidad de pertenecer a cualquier cuerpo armado de la nación y silenciamiento de las expresiones sexuales diferentes a la heterosexualidad en los miembros de sus filas.

•         Prejuicio generalizado dentro de las filas de Partido y de la Juventud Comunista de que la homosexualidad no es compatible con los principios de la moral socialista. Afortunadamente en este aspecto hemos avanzado, pero mientras no se permita el ingreso de personas transgéneros (travestis y transexuales) y no se explicite en los estatutos y reglamentos la no discriminación por estos motivos, seguirá siendo discriminatorio. Muestras de ello son los avances en los temas de la religión y en la eliminación de las medidas  que sancionaban a los miembros del Partido que “perdonaban el engaño amoroso de sus esposas” (a las mujeres militantes engañadas por sus esposos raras veces se les aplicaban medidas disciplinarias cuando optaban por el perdón).

•         Violencia verbal y física en las escuelas hacia los niños y niñas con expresiones de género no coincidentes con su sexo biológico (asignado al nacer).

•         Imposibilidad de las personas transgéneros de acceder al empleo y la educación superior al vestirse con ropas diferentes a las  del género en sus documentos de identidad. La discriminación laboral hacia las personas homosexuales se practica de forma más sutil, ej. burlas, comentarios, acoso laboral o imposibilidad para ocupar cargos administrativos o a ser promovidas o promovidos.

•         Reconocimiento de la identidad de género de las personas transexuales y de sus derechos sexuales, sólo cuando sean sometidas a una cirugía de reasignación sexual.

•         Asedio policial hacia las personas homosexuales y transgéneros en sitios públicos.

•         Acceso a algunos sitios de recreación por parejas, solo se permiten   de hombre y mujer, nunca del mismo sexo o en solitario. Por más que me esfuerzo, no le encuentro la lógica a semejante medida de las administraciones en un país que desterró para siempre los clubes y espacios exclusivos para ricos y que cuenta con tan pocos sitios para el recreo y el esparcimiento.

Es esencial entonces romper el silencio y promover el debate sobre estos temas. Es imprescindible visualizar la homofobia y sacarla definitivamente de nuestras mentes. Es también importante que se garantice la plena expresión de las sexualidades diferentes a la heterosexualidad y la inclusión de estas garantías sociales en las políticas de nuestro país. Debieran incluirse de forma explícita en nuestro código penal leyes que condenen la discriminación basada en la orientación sexual y la identidad de género, así como el reconocimiento pleno de otros modelos válidos de familia –no solo la familia nuclear o heteroparental-  en las leyes civiles.

Cómo se puede apreciar, tenemos mucho que trabajar y que avanzar en el respeto y reconocimiento de estos derechos. Contrario a lo que plantea Mena Aragón en su artículo, el alcance de la Campaña es aún insuficiente y el debate no ha tomado la intensidad ni la profundidad necesarias.

Considero además que estos temas de alcance social, que también incluye la lucha contra la discriminación racial y de la mujer, deben tener tanta prioridad como los desafíos políticos y económicos que enfrenta la Nación. Retrasarlos o postergarlos es un acto de injusticia y se volverá contra nosotros mismos.